ENTREVISTAS

Entrevista a Ana Alcolea

Por María del Pilar López Gómez. 

Entrevistamos a Ana Alcolea, escritora de Literatura Infantil y Juvenil. Ha sido profesora de Lengua y Literatura durante más de veinticinco años y ha publicado ediciones didácticas de obras de teatro y artículos sobre la enseñanza de Lengua y Literatura. Su conocimiento de otras culturas y otras lenguas así como de la Historia se ve reflejado en muchos de sus libros

Eres Licenciada en Filología Hispánica y diplomada en Filología Inglesa. ¿Qué te llevó a estos estudios? Siempre me gustó leer, ver y tocar libros. Tuve dos maravillosas profesoras de Literatura, una en primaria y otra en COU: me enseñaron a amar el arte de la palabra.

Supongo que durante tus más de veinticinco años como profesora de Lengua y Literatura has estado en contacto con muchos jóvenes a los que la lectura no les apasionaría. ¿Ha cambiado este hecho algo en tu forma de impartir las clases? ¿Qué problemas has encontrado en tu práctica docente?

 No es fácil llegar a todo el mundo. Hay muchas personas a las que, por mucho entusiasmo y ganas que ponga el profesor, no se llega. Hay muchas circunstancias alrededor de cada alumno y no todos se van a convertir en lectores, nos guste o no. Como profesores, hemos de intentar al menos que entiendan la importancia de la lectura en tanto en cuanto nos convierte en personas críticas y por tanto libres: la lectura desarrolla la parte cognitiva e imaginativa de nuestro pensamiento, y eso es fundamental para tener un pensamiento propio, independiente y libre. Los programas educativos

son demasiado teóricos, de modo que una asignatura instrumental como es la Lengua se puede convertir en una pesadilla teórica, que solo interesa a los filólogos.

Hay que cambiar el currículo y hacer que los alumnos sean conscientes de la maravilla que es la lengua y de lo importante que es para ellos entender, expresarse, conocer, disfrutar. Como profesora, conseguí que muchos alumnos complicados disfrutaran. Pero no lo logré con todos. Por supuesto que no…

¿Escribir para los más jóvenes lo tuviste siempre en mente o surgió casualmente?

No creo que los libros tengan edad. En mi primera novela, me salió un protagonista adolescente porque lo necesitaba para escribir la historia que quería. La mandé a una editorial que tenía una colección de libros juveniles. Me lo rechazaron porque pensaron que no iba a interesar a los jóvenes.  Lo mandé a otra editorial de las mismas características y allí se quedó: lleva 30 ediciones. Seguí escribiendo en la misma línea, pero repito, creo que mis libros los puede leer cualquier adulto sin rubor. No sé exactamente dónde está la diferencia entre un buen libro de LIJ (Literatura Infantil y Juvenil) y un buen libro para adultos . Desde luego no en la edad de los protagonistas (Romeo, Julieta, Aquiles… eran adolescentes), tampoco en la calidad literaria: yo escribo con más cuidado si cabe, cuanto más joven va a ser el lector. El cuidado por el lenguaje ha de ser exquisito, muy especialmente para los más jóvenes, a los que, y soy muy consciente de ello, todo les está formando. Y el lenguaje forma el pensamiento.

¿Qué diferencias principales encuentras entre escribir para adultos y para adolescentes?

Como he comentado en la pregunta anterior, nada referente al cuidado lingüístico. Acaso, que cuando escribo para adultos puedo tocar algunos temas de maneras que no quiero hacer cuando escribo para niños o jóvenes. Acabo de escribir un libro que toca el tema de la muerte y va a salir en una colección para niños a partir de seis o siete años es obvio que de un asunto tan doloroso no se puede hablar de la misma manera a un niño que a un adulto. En una novela no pensada para niños, puedo escribir sobre la muerte con cinismo, con angustia, con resignación, con dolor, con rabia, con ironía, con desesperación absoluta. A un niño de seis años no le quiero dar eso. No sé si puedo o no hacerlo, pero no quiero.

¿Cuándo decides publicar por primera vez? ¿Cómo fue tu llegada a la editorial?

Escribí mi primera novela a raíz de la muerte de un primo mío, en un accidente de aviación, en África, en 1998. Pocos meses después, sentí el deseo y la necesidad de escribir algo que tuviera que ver con él, y que me sirviera para canalizar mi dolor y para hacer una especie de homenaje a su memoria. Para mantenerlo vivo a través de la magia de las palabras. Cuando terminé de escribirlo, lo mandé a una editorial, que me lo rechazó porque, según ellos, tenía poca acción, y no iba a interesar a los jóvenes. Lo mandé a otra editorial, Anaya, que lo acogió enseguida. Ese libro era El medallón perdidoy lleva 30 ediciones. Cuando escribes una primera novela, te crees que has escrito la mejor novela del universo: por eso me quedé tan sorprendida cuando me rechazaron el libro la primera vez. Luego ya se bajan los humos y se es consciente de que cada editorial tiene sus líneas y de que no siempre se encaja en ellas.  Y por supuesto también se es consciente de que no escribimos la mejor novela del mundo, que hay muchas buenas novelas.

En tus novelas El medallón perdido, El secreto de la esfinge, El secreto del galeón o La noche más oscura, las referencias históricas son evidentes. ¿Cómo te preparas para desarrollar una trama ficticia a partir de hechos históricos reales? ¿Hay un proceso de documentación previo o creas a la vez que investigas?

Parto siempre de algo que me haya llamado la atención, que me haya impactado personalmente, a través de un viaje, una vivencia, una lectura. A partir de ahí, me documento lo preciso para ir escribiendo la novela que quiero escribir. Aunque algunas de mis novelas estén ambientadas en lugares y momentos históricos diferentes, lo más importante de ellas es la peripecia, el pensamiento, las actitudes de los personajes, que intento que sean universales, independientemente de su edad, época u origen. En algunos casos, me he ido documentando a la vez que escribía, como en Napoleón puede esperar: fui leyendo libros históricos sobre los Sitios de Zaragoza mientras escribía. Otras veces tuve que viajar y visitar bibliotecas para documentar hechos históricos y lugares como Venecia, en Bajo el león de San Marcos. Pero sí, suele ser una labor complementaria que me encanta.

¿Organizas de algún modo tu proceso creativo a través de calendarios o tan solo fluye libremente? ¿Cómo describirías tu día a día como escritora?

Nunca me hago un plan creativo para las novelas. Dicen que hay dos tipos de escritores: los de MAPA, que hacen un esquema minucioso de lo que va a ser la novela, y los de BRÚJULA, que saben hacia dónde va a ir la historia, pero que no tienen un plan preconcebido. Yo pertenezco a este segundo tipo. Solo que generalmente, tampoco sé a dónde voy a llegar. Creo que la novela es como la vida, que sabes que va a terminar, pero no sabes ni cuándo, ni dónde, ni cómo. Eso me pasa a mí con mis novelas, y me gusta que sea así: los personajes me van llevando por caminos a veces inesperados, hacen cosas con las que yo no contaba. Parece un disparate esto que digo, pero es así. El personaje se come al autor, y eso es fascinante. Si en algún caso tenía algún plan, este se fue demoliendo página a página. Por ejemplo, en El secreto del galéón al principio tenía pensado que en el naufragio murieran todos los personajes; luego pensé: “bueno, todos no, pero al menos la protagonista sí”; pues no muere la protagonista: la historia me fue llevando por otra vía en la que no pude “matar” a la protagonista. ¡Es fascinante!

En algunas de tus novelas utilizas el flashback a lo largo de toda la historia. Esto crea interés por seguir leyendo y descubrir los secretos que escondes y dosificas al lector. ¿Cómo encuentras el nexo de unión entre las historias del presente y del pasado? ¿Los objetos que las conectan son reales?

Creo que el pasado explica muchas cosas del presente. Y el presente muchas cosas del pasado… Me fascina pensar “¿qué paso, quién vivió, en este mismo lugar, hace años, antes de que yo estuviera aquí?” Me siento conectada con quien tocó el mismo objeto que yo toco, o miro, o con quien pisó la misma tierra que yo piso. No somos los únicos que han estado en el mundo y cada lugar, cada objeto nos cuenta muchas historias. Donde está mi casa, en la que contesto a estas preguntas, durante los Sitios de la ciudad de Zaragoza, en 1808, y 1809, estuvieron los campamentos de los soldados de Napoleón. Ahora, hay bloques de casas y un campo de deporte. Pero cada espacio en el que estamos tiene mucha historia. Lo mismo con los objetos que vemos en un museo, o con esas cosas que aparecen en el armario de las abuelas…

Y sí, muchos de los objetos que aparecen en mis novelas son reales, aunque en la mayoría de los casos, me tengo que inventar sus historias pasadas, o les doy otra función que en la que en realidad tuvieron… La literatura es transformadora…

Tu última publicación El maravilloso mundo de la ópera es diferente a cualquiera de tus creaciones anteriores.  ¿A qué se debe este cambio?

Fue una propuesta de la editorial Anaya. El editor de Anaya Infantil y Juvenil tenía en mente este proyecto, y como sabe que me apasiona la ópera, me lo propuso.  Acepté inmediatamente, claro. Y he disfrutado muchísimo porque he podido aunar dos de mis grandes pasiones: la literatura y la ópera. Además, no tenía que inventarme ningún argumento: grandes escritores y libretistas lo hicieron antes, yo solo tenía que contarlo, y lo he hecho intentando acercar lo que cuentan las óperas a la vida cotidiana. Porque son historias universales, más cercanas de lo que la gente se piensa. Hay mucha gente que piensa que la ópera es elitista. Yo creo que no: desde luego, económicamente no, es más caro asistir a un partido de fútbol que a la ópera. E intelectualmente…, pues en la ópera asistes a un espectáculo en el que te lo cuentan todo de tres maneras: con palabras, con música y con imágenes; me parece más complicado intelectualmente conseguir placer a través de unos señores que corren detrás de un balón para conseguir meterlo en una portería, y de otros que hacen lo mismo para evitarlo: eso sí que necesita de una gran abstracción…, pero la ópera no. La ópera es como un cuadro de Rubens, o de Velázquez. El fútbol es como un cuadro de Miró o de Rothko.

En esta última obra mencionas a la inigualable Montserrat Caballé. ¿Qué influencia ha tenido la soprano en ti?

Durante varios años, en Zaragoza tenía un Concurso Internacional de Canto que llevaba su nombre, así como unas clases magistrales que impartía Montserrat Caballé a jóvenes cantantes de todo el mundo. Se podía asistir como público oyente a aquellas clases. Y yo no me perdía ni una, claro. Aprendí mucho y disfruté mucho de su sabiduría, de su humor, de los consejos que les daba de cómo cantaba con ellos y era capaz de conseguir que los alumnos llegaran a notas tan altas que ellos no sospechaban. Técnica, trabajo y emoción. Nunca olvidaré cuando decía que no era suficiente con “ colocar”  una nota, sino que había que “interpretarla”. Eso es fundamental en todas las artes: en literatura, cada palabra tiene que ser dicha, escrita, con emoción, con honestidad, con fuerza. Solo si el escritor se cree lo que está escribiendo, podrá transmitirlo al lector. Como el profesor, como el cantante, como el pintor. Transmitir es una palabra clave en el arte. Eso y mucho más aprendí de quien ha sido una de las grandes artistas de la historia.

¿Qué proyecto o proyectos tienes en mente y con qué nos vas a sorprender en el futuro?

Tengo varios proyectos en marcha, y creo que todos verán la luz en primavera: un nuevo “secreto”, El secreto del colibrí dorado, novela juvenil que sigue la estela de El secreto de la esfinge  y los anteriores… También una novela infantil, El abrazo de la sirena, con algunos de los protagonistas de El abrazo del árbol.

Una nueva edición de Don Juan Tenorio, de José Zorrilla. Todo ello para la editorial ANAYA. Y también tengo algún proyecto con la editorial NORMA, en Latinoamérica. Con ellos he publicado hace poco El viaje de las estrellas doradas, que va a formar parte del plan de lectura de la editorial en Colombia.

Y tengo en la cabeza un par de historias, que espero escribir en cuanto tenga tiempo… Y enseguida empiezo mi gira por colegios e institutos de toda España para charlas de literatura…

Para finalizar, comparte un consejo para todos aquellos jóvenes y no tan jóvenes que desean escribir sus propias historias y aún no han dado el paso.

Por supuesto, que lean mucho para manejar bien el lenguaje, para vivir muchas vidas, para ampliar su conocimiento del mundo. No se puede escribir bien sin haber leído. Generalmente, tampoco se puede escribir nada interesante sin tener un bagaje de vida y literatura, a no ser que uno sea un genio. Creo que no hay que tener prisa en ver publicado un libro propio. Yo publiqué el primero con 39 años, tenía otro trabajo: mi objetivo no era ser escritora, ni me atrevía a pensarlo como algo posible. Llegó de una manera inesperada con un libro que ojalá nunca hubiera escrito, porque nació del dolor por la muerte de una persona querida. Ser escritora no era algo que yo tuviera en la mente. Dichas estas salvedades, creo que es muy bueno que los jóvenes escriban: entenderán cosas de sí mismos y de los demás que ni siquiera sospechaban, y eso es muy bueno. Les aconsejo que escriban siempre la historia que quieran y necesiten contar en cada momento, que no se dejen llevar por modas de mercado, sino que escriban desde dentro de sí mismos; esa es la manera de llegar al lector, salir de sí mismos para entrar en sí mismos. Escribir desde la emoción para llegar a la emoción del lector, del otro, que se emociona por lo mismo que nosotros. Son los temas universales los que generan la literatura. Lo que hace que sigamos leyendo y nos emocionen los clásicos, porque

nos hablan a la parte más universal, y por tanto, más íntima, de cada uno; lo que Antonio Machado llamaba “los universales del sentimiento”.

Agradecemos que nos hayas dedicado tu tiempo para compartir con nuestros lectores y con nosotros mismos tu pasión hacia la literatura. Esperamos disfrutar de nuevo con las historias que verán la luz la próxima primavera y descubrir los secretos que nos aguardan en ella.

 

 

 

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