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El arte de contar cuentos

Artículo de Myriam Montes Fortes. 

Debemos insistir en el poder de la imaginación, que cada niño construya su propia representación mental, esforzarnos para acostumbrar a los niños a ver más allá de lo que los objetos representan.

“La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa?

los suspiros se escapan de su boca de fresa,

que ha perdido la risa, que ha perdido el color…”

Así comienza Sonatina, uno de los poemas más conocidos de Rubén Darío, un poema lleno de musicalidad, envuelto por la fantasía y la esperanza, ideal para leer a los niños, ya que recitar poesía es otra manera de narrar, otra forma de motivarles para que se introduzcan en la lectura.

“La narración y la lectura de cuentos por parte del adulto, la manipulación de textos, los poemas, canciones y relatos fantásticos, favorecen la libertad creadora, fomentan el interés por la lectura y ponen al niño en contacto con el lenguaje culto y las formas estéticas de la literatura” (B.O.C.y L., 2007, p.14).

Tanto los profesionales como los padres son responsables de la formación lectora de los niños y al mismo tiempo ejemplo para estimular ese hábito.

El arte de contar cuentos es la primera forma consciente de comunicación literaria.

 La gran mayoría de los cuentos proceden de la literatura popular de transmisión oral. Aunque no se puede precisar con exactitud la fecha del primer cuento, se sabe que los pueblos orientales son los más antiguos creadores de los mismos y desde allí se fueron extendiendo por todos los países del mundo, transmitidos de boca en boca por los juglares.

¿Qué es lo esencial de este género? El narrador es el único responsable de la atmósfera en la que se desarrolla la historia, por lo tanto, debe convertir su instinto en arte para obtener un cuento que despierte el interés y las emociones en quién escucha.

A través de la gesticulación, la mímica y la imitación, haciendo un uso controlado de estos elementos, podemos llamar la atención y curiosidad del niño. Otro de los artificios para captar con rapidez la atención del público es un comienzo sorprendente: por ejemplo en El tronco volador de Hans Christian Andersen: “Había una vez un mercader tan rico, tan rico, tan rico, que tenía bastante oro como para pavimentar toda la calle y le sobraría, incluso,  para un callejón”. O en El soldadito de plomo del mismo autor: “Érase que se era veinticinco soldaditos de plomo, todos hermanos, pues habían sido construidos a partir de la  misma vieja cuchara de plomo”.

Mirar al público y el arte de la pausa también son mecanismos necesarios a tener en cuenta en la narración.

El cuento es una fuente inagotable de placer y conocimiento, ya que a través de él ayudamos al niño a introducirse en el mundo de la fantasía, la creatividad y la imaginación y conseguimos su desarrollo integral y global. El cuento adecuado debe contener referencias a las condiciones de vida a las que los pequeños están acostumbrados, porque sólo podemos llegar al niño a través de la limitada experiencia que tiene, hasta que su imaginación despierte y sea capaz de comprender. Es interesante hacer mención a la clasificación que hace Ana Pelegrín de los cuentos según la edad a la que se dirigen, pudiendo encontrar los cuentos de fórmula (de 2 a 5 años), que son los cuentos mínimos, los cuentos de nunca acabar y los cuentos disparatados o acumulativos; los cuentos de animales (de 4 a 7 años), referidos a cuentos en los que se humaniza a los animales y se les da la posibilidad de hablar; los cuentos maravillosos (de 5 a 7 años), que son los típicos cuentos de hadas; y los cuentos de la vida real (de 3 años en adelante), o cuentos de situaciones cotidianas.

Como profesionales (profesores, cuenta cuentos…)  o como padres, una de las cuestiones que más nos interesa es ¿cómo mantener el efecto del cuento?

Esto lo podemos conseguir a través de la intensidad dramática con la que se cuenta. Si se nos presenta algo de manera vital, nada podrá acabar con su recuerdo, si disfrutamos narrando, el niño también disfrutará. La historia tiene que gustarle al que va a narrarla y ha de inspirarle el deseo de transmitirla a los demás.

Aunque he querido escribir un artículo que sirva en general para todos los que nos implicamos en la formación de los pequeños, me gustaría dedicar unas líneas al trabajo en las aulas, en concreto aquello que se debe evitar.

 Hay temas que es mejor no tratar, dado que la narración de los padres o de los amigos es del todo diferente, tanto en el fondo como en su forma, de la que forma parte del mundo de la enseñanza. Frederic Harrison afirmó: “Lo realmente útil para la lectura es saber qué es lo que no vamos a leer, qué escogemos de la frondosa selva de información para conseguir un conocimiento fructífero”. Hemos de escoger aquello que nos interesa “de la frondosa selva” y eliminar los elementos indeseados, como aquellas historias que contengan demasiado sarcasmo e ironía, porque los niños no llegan a comprender la causa real que provoca una situación aparentemente ridícula, o historias relacionadas con el análisis de las motivaciones y los sentimientos, porque al igual que con las historias anteriores, los niños no son capaces de descubrir todas las causas que provocan la acción, ni alcanzar ese estado de ánimo filosófico que lleva al adulto a sacar conclusiones objetivas.

Como ya he comentado, el comienzo de un cuento debe ser sorprendente para atraer la atención del que escucha. Del mismo modo, debemos ser muy cuidadosos con los finales. También deben contar con un clímax dramático, alrededor del cual se ha ido desarrollando toda la historia.

Y para finalizar así también el texto, os dejo con un ejemplo:

“Se sube a las copas de los árboles y a los tejados, agitando su cola y caminando con la única compañía de su soledad”

De Historias para niños, Rudyard Kipling.

 

 

 

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